‘El hombre invisible’: solo las víctimas de violencia de género saben lo que es sentirse totalmente vigiladas

Las mejores películas de terror de los últimos años no son nada sin su mensaje crítico. Muchas veces, más que películas de terror, pueden ser consideradas thrillers psicológicos que juegan con una crítica social o con un enfoque actual en el que recae todo el peso de su interpretación. Este es el caso de ‘El hombre invisible’ (‘The invisible man’). Esta nueva producción estadounidense estrenada en febrero es un remake libre de la película de ciencia ficción del mismo título dirigida por James Whale en 1933, cuyo guion se basa, a su vez, en una de las novelas de H.G. Wells. Esta nueva adaptación corre de la mano de Leigh Whannell, el cineasta australiano que, entre otras cosas, nos conquistó como guionista de la saga ‘Insidious’.

Una adaptación de un relato antiguo con mirada social y de gran interés actual, donde quien nos cuenta la historia es la víctima y no su “monstruo”. ‘El hombre invisible’ utiliza los mecanismos del terror más tradicional a disposición de las emociones de una víctima de violencia machista. Leigh Whannell conoce la técnica del terror psicológico y la pone en práctica en su última película, expresando, tanto de manera visual como sonora, la amenaza que se cierne sobre uno mismo y la incapacidad que sentimos, en ocasiones, de no poder atraparla. La idea es brillante, pero se desinfla conforme avanza el relato.

Cecilia (una entregada Elisabeth Moss) vive en una relación tormentosa y abusiva a la que decide poner fin una noche y huir a escondidas. Mientras se esconde en casa de un viejo amigo y es incapaz de salir de casa por el miedo que tiene a su pareja, recibe la noticia de su suicidio. Parece que un nuevo comienzo es posible en la vida de Cecilia, pero esto solo es el comienzo de la historia. Las evidencias de que su ex no está realmente muerto cada vez se hacen más palpables para Cecilia, que se va quedando sola en la lucha de su verdad.

Con esta historia sobre la mesa, Leigh Whannell demuestra, una vez más, un manejo excelente del suspense. Da un giro al relato original y lo plantea de forma contundente hacia una relación tóxica que atormenta a la víctima haciendo un uso de los recursos para demostrar una sutil denuncia social hacia lo que verdaderamente nos aterra. De la historia original, Whannell mantiene los elementos básicos para conservar su título, pero su contenido evoluciona mucho más hacia lo que nos preocupa realmente. Así es como se hace un buen remake.

‘El hombre invisible’ se nutre de espacios vacíos alrededor de nuestra protagonista como símbolo de que algún peligro acecha. En un mismo plano puede estar en todos los lugares a la vez y nunca donde te esperas. Al director le da igual abusar de planos vacíos y aumentar su presencia en los dos primeros actos del filme si esto sirve para reforzar luego la interpretación de Elisabeth Moss, que resulta implacablemente creíble. Pese a que, en un principio, la figura de su expareja no se hace evidente en pantalla, la actuación de Moss junto con la precisión de un buen montaje y constitución de la puesta en escena, Whannell nos hace creer que está ahí, a su lado, casi lo podemos ver sin verlo necesariamente. Siempre ha estado ahí.

El desgaste psicológico comienza a crecer en Cecilia, que es utilizada como un títere por ese hombre que la maneja, que la tiene prácticamente maniatada y que sigue su intención de dejarla sola. Lo consigue. Como lo consigue la sociedad que aparta muchas veces la versión de las víctimas de violencia machista. El personaje que interpreta Elisabeth Moss acaba siendo retratada como una loca para la sociedad, solo sienten compasión por ella. Cuando afirma que él sigue vivo, que ha encontrado la forma de hacerse invisible para atormentarla, nadie la cree. Una metáfora de cómo actúa la sociedad con las víctimas en estos casos.

En la interpretación de Elisabeth Moss recae gran parte de la fortaleza de ‘El hombre invisible’. La actriz va de la mano de su personaje transmitiéndonos la inseguridad y ansiedad que siente tras su huida al comienzo, el miedo al saber que no ha muerto y sigue atormentándola, la locura e incredulidad de cómo puede ser posible lo que está viviendo, la búsqueda de comprensión en otras personas y el renacimiento de la fortaleza que lleva implícita la venganza.

Un mensaje que envuelve la atmósfera de suspense y tensión creada por el director y que nos sumerge en la paranoia de terror que sufre Cecilia como representante de muchas víctimas. Solo las víctimas de la violencia de género entienden lo que es sentirse totalmente vigiladas y cuestionadas en todo momento, ya que no solo lidian con su agresor si no también con la sociedad que les pone en entredicho.

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