‘El silencio del pantano’: una apuesta demasiado ambiciosa para su resolución final

Últimamente los mejores estrenos que recoge Netflix en su plataforma son thrillers, un género que recoge distintas formas de relato pero que, en su gran mayoría, oculta un elemento común: la crítica hacia un problema de actualidad latente que se acerca aún más al espectador. Aunque no fue especialmente bien recibida en salas, ‘El silencio del pantano’ llegó en abril a la plataforma y ha logrado situarse en los primeros puestos de reproducción durante algunos días. El salto a la gran pantalla de Marc Vigil no ha sido tan reseñable como se esperaba. El director de capítulos que recogen series como ‘Águila Roja’, ‘El ministerio del tiempo’, ‘Vis a vis’ o la reciente ‘Malaka’, intenta trasladar su estética de narración al cine y lo consigue a medias.

Marc Vigil adapta a la pantalla novela negra con el mismo título que escribió en 2016 el valenciano Juanjo Braulio. Y es que Valencia es el escenario principal en la trama. Todo es por la ciudad natal del protagonista: Valencia, construida bajo un guion de Carlos de Pando y Sara Antuña. ‘El silencio del pantano’ juega con dos tiempos en paralelo, realidad y ficción. Por una parte, tenemos a ‘Q’ (Pedro Alonso), un periodista convertido en escritor de novelas negras donde actúa de héroe justiciero acabando con la élite que ha manchado la historia política de Valencia durante las últimas décadas, y por otra parte al personaje de ‘Q’ en sus novelas. Realidad y ficción se confunden para introducirnos, de forma muy ambigua, la historia de un psicópata que actúa como payaso justiciero. Todo ello envuelto en una trama valenciana de corrupción y tráfico de drogas donde se pone el juego del corrupto de guante blanco, perteneciente a instituciones de renombre (política, policía…) y el control callejero de los que se manchan verdaderamente las manos.

La voz en off de nuestro protagonista es clave para entender en algunas ocasiones una trama que se nos escapa de las manos. Un comienzo que parece casi una obra de arte que nos ofrecerá la belleza de un espacio paradisíaco, como puede ser la tranquilidad de la Albufera, y el paralelismo del fango del pantano con la naturaleza humana que destroza lo idílico del paisaje. Así, Marc Vigil nos construye una película de contrastes que acaban volviendo loco al protagonista y su identidad. No solo la estética visual es evidente en la construcción de personajes enfrentados, sino que la producción sonora también juega un papel muy importante. Las calles mundanas o el ruido de la ciudad siempre se muestran con planos contaminados de voces y sonidos más estridentes, mientras que el retiro del pantano al que ‘Q’ se para a mirar cada vez que puede se nos muestra de manera casi celestial.

Lo mismo ocurre con la representación del protagonista. La separación entre ‘Q’ como escritor y ‘Q’ como personaje de su novela es evidente al principio de la película. El personaje interpretado por Pedro Alonso cuando le conocemos como el periodista escritor de novela negra se rodea de contrastes fríos, tonos azulados que nos alejan de un sentimentalismo hacia el personaje. Sin embargo, cuando aparece ‘Q’ envuelto en las tramas (reales) de sus novelas, todo se muestra con un tono más cálido. Una diferenciación de personajes que son, en realidad, la misma persona y nos acerca al psicópata que plasma en sus novelas crímenes reales y al personaje que se mueve por venganza, o por justicia.

‘El silencio del pantano’ tiene elementos muy interesantes que podrían haber hecho de esta película algo más memorable y, por desgracia, pasa desapercibida. Su apresurado metraje deja muchas cosas en el tintero sin llevar a profundizar en nada. Promete ser una película ambiciosa en su primera media hora, pero resulta ser más ambiciosa de lo que puede permitirse. Su argumento acaba diluyéndose con el desarrollo y el final resulta demasiado ambiguo.

Aunque su calidad técnica es impecable y a la gran labor fotográfica se unen escenarios de Valencia que hacen mucho más fácil el trabajo, también la parte artística se deja la piel en la puesta en escena. El elenco demuestra estar a la altura aunque, de muchos, solo obtengamos pinceladas. Nacho Fresneda como Falconetti o Carmina Barrios como la matriarca que maneja el suburbio de la droga y la violencia callejera consiguen encabezar el ranking de las mejores interpretaciones. Un Pedro Alonso enigmático que no deja de interpretar a un psicópata y que su frialdad y ese gen calculador que el propio actor parece tener nos recuerde al más querido, o al más odiado, Berlín de ‘La Casa de papel’.

La reflexión de la película no es solo la crítica hacia un sistema corrupto que acaba destruyendo y arrasando allá por donde pasa, sino que te das cuenta con el desarrollo de la trama de que todos son malos, nadie se salva. La justicia tampoco puede tomarse de la mano de uno según se crea o convenga, porque eso tampoco es justicia. Y, finalmente, con la forma de proceder de cada personaje, el espectador descubre que ninguno es construido de forma pura, aunque ‘Q’ intente justificar sus asesinatos en venganza o para limpiar su ciudad natal de corrupción.

Nos indignamos con las noticias o con lo que vemos que ocurre al otro lado de la puerta de nuestra casa, pero en raras ocasiones reflexionamos sobre lo que escondemos dentro de nosotros mismos. Quizás esta sea la justificación por la que no logramos empatizar con ningún personaje, aunque el que llegue a suscitarnos mayor interés sea Falconetti, interpretado por Nacho Fresneda, pues su forma violenta y bruta de actuar es movida únicamente por el cumplimiento de órdenes. Un peón más de una sociedad manchada de sangre. Pero al final todo queda en la conciencia de cada uno. Se ve claramente en el paralelismo entre el principio de la película y su final. Al comienzo de ‘El silencio del pantano’, ‘Q’ se encuentra frente al pantano y todo es silencio y paz; en su final, con la misma composición de plano, ya no hay paz, solo ruido, solo conciencia.

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